En la cima de la montaña atardece más despacio mientras me tocas y los cristales se van empañando para regalarnos la intimidad. En la cima de la montaña sigue siendo febrero pero apostaría a que ya es septiembre entre tus piernas. Alrededor las nubes son del mismo color que pintan las calles en los pueblos con mar, si bien todo el mar que se alcanza a ver desde aquí arriba es de tierra ondulada. Las guirnaldas de pueblos y ciudades en cientos de kilómetros a la redonda se encienden en una nada calculada sinfonía. El silencio se rompe con tu risa y tus respiración acelerada mientras nos asomamos al borde del precipicio y pensamos qué tiempo hará allá abajo, cómo se hincharán las telas del parapente y qué sienten los pájaros al desplegar sus alas mientras nosotros, pedestres, nos atamos con miedo al suelo y tus tacones se hunden un poco en el barro.
Preside la escena una monstruosa antena, cargada de repetidores de telefonía, radio y televisión. Los niños nos odiarán si la hacemos volar por los aires, porque terminarán todas sus series de dibujos animados al instante, en un fundido a gris eterno. Los amantes querrán nuestras cabezas, viendo interrumpidas sus comunicaciones y eternas efímeras declaraciones vía whatsapp. Los abuelos, suficientemente vilipendiados por el Gobierno Central, le achacarán a él y no a nosotros el silencio abismal que se extenderá a través de sus transistores si derribamos esta antena.
Pero tú y yo no somos terroristas al uso, y para delinquir ni siquiera tenemos una sábana blanca para colgar de la estructura metálica y que nuestro amor y nuestros nombres ondeen al viento y sean insultantemente visibles desde decenas de cercanos municipios, ahora que ya pasó el santo y su celebración y las tiendas han retirado todos los corazones de cartulina roja, reservándolos para futuros congresos de cardiología. Entonces las parejas que paseen se golpearán con el codo o ni siquiera eso: se cobijarán en una lamentable indiferencia, no mirarán hacia arriba para no ver en la cima de la montaña lo diferentes que podemos llegar a ser. No, no. Nuestro delito será más sutil, mucho menos espectacular. Lo haremos en tu rellano, ocultos, mientras abajo los vecinos toman el ascensor hacia plantas irracionales como el primero o el segundo. Usarás colonia de otros hombres para que yo sepa bien a qué me pueden llevar los celos. Borrachos asaltaremos parques públicos respetando el mobiliario, sólo para demostrarle a la incompetente autoridad cuánto de peligrosos podemos llegar a ser. Vamos a pasear por la ciudad, a destiempo, sin darnos la mano para que nuestra distancia expulse las miradas ajenas, llenas de barro y reproches.
En la cima de la montaña ya es de noche. Alguien sube por la única carretera que da acceso al breve espacio de la cumbre, ya es la hora de marcharnos y ceder nuestro lugar en lo más alto. El ventilador del coche desempaña la luna con un zumbido que aleja tu mano de mi pierna. Los tacones manchados se desangran sobre la alfombrilla. No hay luna que cruce el cristal, sólo podré fiarme del tacto de tu pecho para saber en qué posición estoy de cara al mundo antes de bajar de la cima de la montaña donde todo es frío, todo es silencio, todo está lejano pero bello, bello de esa forma que hace bellos los copos de nieve que uno acoge sobre la palma de la mano: helados, momentáneos, dignos de ser admirados antes de que cambien de forma de una vez y para siempre.
Jaionara, baby
martes, 19 de febrero de 2013
lunes, 31 de diciembre de 2012
Querido 2012
Querido 2012:
Yo no creía en estas cosas. No creía en la gente cuyo correo acababa en dos cifras recordando un año de su vida. No creía en la Generación del 27 ni tampoco en el Mundial 94. Yo no creía en los números hasta que te conocí, 2012.
Y ahora que te conozco intentaré amarte de la mejor forma: dejándote escapar. Porque es la libertad la que hace grande al amor. Y yo te he vivido y te he besado. Te la he metido hasta el fondo y he dejado que te cueles por todos mis poros, querido 2012. He cumplido los sueños más elevados que tenía, y algunos de los más oscuros.
He llegado a algunas de mis cumbres humanas, personales, académicas. He estado en todos los lugares que he querido, he sido muy libre y me he tenido a mí mismo para compartirme. La vida que le damos a los demás es la que realmente vivimos, y por eso este 2012 ha sido grande, porque lo he vivido con los demás y no sólo conmigo. Porque ha tenido 6 meses de salvaje felicidad y otros 6 de abnegada entrega, ha sido la mezcla perfecta entre lo que un hombre quiere hacer y lo que un hombre debe hacer. El tándem que conduce hacia adelante. He sabido llorar y reír, he bebido y vivido hasta extenuarme. Me he aburrido y me he esforzado.
Te echaré de menos, pero volveremos a encontrarnos en algún lugar. En libros pequeños y ocultos, en los sueños que siempre quedarán guardados como hojas secas, nos veremos las caras cuando alguien abra una botella, o cuando ella me bese con el sabor de aquella primavera en la que fui el Rey de Mundo o del otoño en el que fui una hoja al viento.
Querido 2012, nunca te estaré lo suficientemente agradecido por que me hayas pasado por encima, por que me hayas dejado huella. Cerraré la puerta despacio en cuanto te eches a dormir, me iré en silencio y sin mirar atrás, porque en la próxima habitación hay otros 365 días que tengo que gastar hasta reducir a cenizas que perfumen la vida. Y la vida es maravillosa, volveré para contartelo.
Yo no creía en estas cosas. No creía en la gente cuyo correo acababa en dos cifras recordando un año de su vida. No creía en la Generación del 27 ni tampoco en el Mundial 94. Yo no creía en los números hasta que te conocí, 2012.
Y ahora que te conozco intentaré amarte de la mejor forma: dejándote escapar. Porque es la libertad la que hace grande al amor. Y yo te he vivido y te he besado. Te la he metido hasta el fondo y he dejado que te cueles por todos mis poros, querido 2012. He cumplido los sueños más elevados que tenía, y algunos de los más oscuros.
He llegado a algunas de mis cumbres humanas, personales, académicas. He estado en todos los lugares que he querido, he sido muy libre y me he tenido a mí mismo para compartirme. La vida que le damos a los demás es la que realmente vivimos, y por eso este 2012 ha sido grande, porque lo he vivido con los demás y no sólo conmigo. Porque ha tenido 6 meses de salvaje felicidad y otros 6 de abnegada entrega, ha sido la mezcla perfecta entre lo que un hombre quiere hacer y lo que un hombre debe hacer. El tándem que conduce hacia adelante. He sabido llorar y reír, he bebido y vivido hasta extenuarme. Me he aburrido y me he esforzado.
Te echaré de menos, pero volveremos a encontrarnos en algún lugar. En libros pequeños y ocultos, en los sueños que siempre quedarán guardados como hojas secas, nos veremos las caras cuando alguien abra una botella, o cuando ella me bese con el sabor de aquella primavera en la que fui el Rey de Mundo o del otoño en el que fui una hoja al viento.
Querido 2012, nunca te estaré lo suficientemente agradecido por que me hayas pasado por encima, por que me hayas dejado huella. Cerraré la puerta despacio en cuanto te eches a dormir, me iré en silencio y sin mirar atrás, porque en la próxima habitación hay otros 365 días que tengo que gastar hasta reducir a cenizas que perfumen la vida. Y la vida es maravillosa, volveré para contartelo.
lunes, 17 de diciembre de 2012
El fin del mundo
Entonces
(en ese entonces, que ya no habrá más entonces)
acontecerá el fin del mundo
y diremos:
"Tuvimos un entonces, tuvimos un principio
y ahora no tenemos más que el final
que es esta lluvia negra,
porque fueron negros nuestros zapatos;
que es este cielo gris,
porque gris es el hormigón que habitamos;
que es este fuego rojo,
como todos los postres que compartimos;
que es este río azul,
como azules las mañanas escapadas."
Entonces
(en ese entonces,que será el último entonces)
cuando acontezca el fin del mundo,
nosotros, unidos, diremos:
"Qué vendrá después, qué tendremos;
tendremos ya la eternidad para recordar
que una vez nos creímos eternos
abrazados bajo ese árbol,
inquietos en una fotografía detenida
mientras a lo lejos se ponía el Sol"
Entonces
(en ese entonces, que acabará en los labios)
nos reiremos del fin del mundo,
cantaremos:
"Nuestro reino no es de este mundo,
nuestros entonces son partituras,
somos únicos siendo iguales,
porque en cada rincón de este globo
que ahora se resquebraja
(azules las mañanas, detenidas las fotografías)
alguien como nosotros cierra los ojos, y en el siguiente entonces
los abre de nuevo
y el mundo vuelve a empezar."
(en ese entonces, que ya no habrá más entonces)
acontecerá el fin del mundo
y diremos:
"Tuvimos un entonces, tuvimos un principio
y ahora no tenemos más que el final
que es esta lluvia negra,
porque fueron negros nuestros zapatos;
que es este cielo gris,
porque gris es el hormigón que habitamos;
que es este fuego rojo,
como todos los postres que compartimos;
que es este río azul,
como azules las mañanas escapadas."
Entonces
(en ese entonces,que será el último entonces)
cuando acontezca el fin del mundo,
nosotros, unidos, diremos:
"Qué vendrá después, qué tendremos;
tendremos ya la eternidad para recordar
que una vez nos creímos eternos
abrazados bajo ese árbol,
inquietos en una fotografía detenida
mientras a lo lejos se ponía el Sol"
Entonces
(en ese entonces, que acabará en los labios)
nos reiremos del fin del mundo,
cantaremos:
"Nuestro reino no es de este mundo,
nuestros entonces son partituras,
somos únicos siendo iguales,
porque en cada rincón de este globo
que ahora se resquebraja
(azules las mañanas, detenidas las fotografías)
alguien como nosotros cierra los ojos, y en el siguiente entonces
los abre de nuevo
y el mundo vuelve a empezar."
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Fukushima, mon amour
La noche que yo quiero contigo no conoce de estrellas más que la tremenda explosión de helio y sirope, la antimateria alrededor del agujero negro. Llevas la bomba atómica en las entrañas, no de hormigón ni de agua hirviente, sino del breve hilo con el que nos tejes porque yo no sé coser y ya me habría perdido a pesar del brillo de mi pijama, ya me habría perdido, minotáurico, sin el cable de hierro que me echas a la mano y en ocasiones al cuello. La noche que yo quiero contigo revienta en mil colores sin violencia, revienta en silencio y a puro grito, para que nadie salga volando de este bosque, para que el nórdico que nos cubre (testigo de un círculo y de un tiempo polares) cubra también el presente pero no el pasado ni el futuro. El pasado fue central nuclear, cuadriculado e inaccesible protegiendo el núcleo donde, inestables habitan las partículas elementales en las que nada sucede sin control, mientras las olas rompen contra la pared los días de tormenta y sopla la brisa calmada cuando hace sol. El futuro será electrón, de carga negativa e infinitesimal. El presente es un bosón, impredecible, que dota de masa a todos los cuerpos con los que contacta. Así, son posibles nuestros abrazos y no son sólo de aire, así es posible que me esquives los besos y las manos y no sólo gires en órbitas elípticas en el vacío.
La noche que yo quiero contigo no se parece en nada a todas las anteriores y a la vez es angustiosamente similar, porque es fría y carente de verano intrínseco, es de un invierno sublime de esos que invitan a una reacción en cadena, de esos que no aceptan la fusión fría y necesitan que se libere toda la energía, que la entropía nos deje derribados por los rincones de la habitación, que se hagan visibles los corpúsculos y choquen, indómitos de la ciencia, siempre súbditos del quizás pero no de la certeza, certeza que nos repele como si compartiésemos carga y nos lanza hacia el infinito, hacia otros núcleos diferentes, isótopos, representando el elemento que podríamos ser, similares, pero almacenados en extremos lejanos de la tabla, y siempre esperando algo imposible: que un protón salte de hacia un orbital superior y, deshaciendo la calma preestablecida, barramos a millones de grados los edificios del centro de la ciudad y esta colina desprotegida, se despierte el huracán nuclear y aunque al apagar la hoguera sólo quede ruinas, en las retinas de quien mirase se grabe a fuego el brillo inalcanzable que conseguiremos.
La noche que yo quiero contigo no se parece en nada a todas las anteriores y a la vez es angustiosamente similar, porque es fría y carente de verano intrínseco, es de un invierno sublime de esos que invitan a una reacción en cadena, de esos que no aceptan la fusión fría y necesitan que se libere toda la energía, que la entropía nos deje derribados por los rincones de la habitación, que se hagan visibles los corpúsculos y choquen, indómitos de la ciencia, siempre súbditos del quizás pero no de la certeza, certeza que nos repele como si compartiésemos carga y nos lanza hacia el infinito, hacia otros núcleos diferentes, isótopos, representando el elemento que podríamos ser, similares, pero almacenados en extremos lejanos de la tabla, y siempre esperando algo imposible: que un protón salte de hacia un orbital superior y, deshaciendo la calma preestablecida, barramos a millones de grados los edificios del centro de la ciudad y esta colina desprotegida, se despierte el huracán nuclear y aunque al apagar la hoguera sólo quede ruinas, en las retinas de quien mirase se grabe a fuego el brillo inalcanzable que conseguiremos.
viernes, 26 de octubre de 2012
Born to run
Empezar, y seguir. Forrest lo vio todo mucho antes. Y corrió, y corrió. Forrest había nacido para correr, yo no. Ya nací para otras muchas cosas a las que nunca me dedicaré, pero ahora corro. Y corro, y corro. Sin una gorra roja, sin salir de Alabama. Corro por Zamora, corro por Salamanca. He corrido en La Habana por el Malecón bajo una tormenta tropical. He corrido por la playa en Varadero con el atardecer más espectacular que recuerdo.
Empezar, y seguir. No me siento especial. Otros corren más que yo, algunos corren mucho menos. No dedico mi vida a mis piernas, y ellas tampoco me devuelven nada. Sólo sé que algunas veces cuando corro, y está lloviendo, o corro y hace 35ºC, o corro y escupo, o corro y llego de la mano a la meta, después, sólo después, siento que he hecho algo digno, algo que simplemente se ha construído con mi esfuerzo, con mi sudor.
Empezar, y seguir. Hoy he corrido mi día 100 desde Marzo de 2011. Un año y medio desde que comencé. Entre tanto, muchos días solo, muchos acompañado, algún esguince, alguna tendinitis. Una San Silvestre, un par de carreras populares y dos Medias Maratones.
No es mucho, pero es, a día de hoy, todo lo que tengo, y me siento muy orgulloso. Y puede que yo no naciera para esto, pero, amigo Bruce, diselo tú.
Empezar, y seguir. No me siento especial. Otros corren más que yo, algunos corren mucho menos. No dedico mi vida a mis piernas, y ellas tampoco me devuelven nada. Sólo sé que algunas veces cuando corro, y está lloviendo, o corro y hace 35ºC, o corro y escupo, o corro y llego de la mano a la meta, después, sólo después, siento que he hecho algo digno, algo que simplemente se ha construído con mi esfuerzo, con mi sudor.
Empezar, y seguir. Hoy he corrido mi día 100 desde Marzo de 2011. Un año y medio desde que comencé. Entre tanto, muchos días solo, muchos acompañado, algún esguince, alguna tendinitis. Una San Silvestre, un par de carreras populares y dos Medias Maratones.
No es mucho, pero es, a día de hoy, todo lo que tengo, y me siento muy orgulloso. Y puede que yo no naciera para esto, pero, amigo Bruce, diselo tú.
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Mi amado sillon ball
martes, 16 de octubre de 2012
Goodbye, Norma Jean
El día que se terminaron para siempre los croissants de chocolate en todas las pastelerías de la ciudad todo mundo hablaba de un astronauta. Qué opinan los periódicos de las tardes perdidas, te preguntaré detrás de un café que no será si no hay un croissant, porque sin croissant de chocolate no habrá un yo ni un tú ni mucho menos un café. Qué opinan los periódicos de si llueve en todas las casas a las tres de la tarde, de lo triste que es Lisboa.
Por eso bajo corriendo de pastelería en pastelería. Las caras de las pasteleras me parecen todas la misma. Se ocultan detrás de la harina o del maquillaje. Yo siempre quise follarme a una esteticienne. O a una peluquera. Pero esteticienne es más sexy. El propio nombre se te derrite en la punta de la lengua según lo pronuncias como uno de esos buñuelos de crema que estoy viendo en los expositores. Con la pequeña salvedad de que no quiero un buñuelo de crema ni una esteticienne, al menos hoy no. Es lunes. Un astronauta copa las portadas. Y yo no tengo croissants. La cara de la pastelera que se repite de pastelería en pastelería me informa con pesar de que no, no tenemos de esos magníficos croissants de chocolate que anunciamos por un euro con cincuenta céntimos. Quizá los tuvimos a las ocho de la mañana, pero a esa hora tú sólo intentabas no vomitar tu desayuno en la cafetería de un hotel mientras a tu lado bebían basureros y empleados de banca.
Luego lo intento en la gasolinera. En la gasolinera nadie ha oído hablar de un astronauta enrollado con una esteticienne que se lanzó por la ventana en busca de varios récords del mundo mientras su mujer los perseguía a ambos. Es por eso que tampoco saben que ahora los croissants se rellenan de crema de chocolate, que es lo mismo que el chocolate pero derretido, que es lo mismo que quedará del astronauta cuando toque tierra, que es lo mismo que quedará mañana de los periódicos de hoy. Pero en la gasolinera me dicen que busque en un supermercado. En el supermercado me envían a una máquina de autoservicio que hay en un garaje a la vuelta de la esquina. La máquina de autoservicio está vacía: es lunes. Nadie la ha repuesto. Marilyn me mira lujuriosa desde el escaparate del videoclub adyacente. Goodbye, Norma Jean. ¿Qué saben de ti los periódicos? ¿Qué saben de ti las adolescentes cuyas habitaciones adornas con ese rubio platino y esa sonrisa lujuriosa que hoy me dedicas?
El día que se terminaron los cafés, los periódicos, los astronautas y los croissants era lunes. Los lunes son así. Acaban con todo. Acaban contigo, que acabas limpiando el cristal de tu habitación, retirando cuidadosamente todos los mosquitos estampados que lo manchan, con la esperanza de encontrar un croissant y subir a verte. Pero hoy no hay croissants. Hoy será un día más en el París-Dakar. Una tarde de tantas en la Ruta de la Seda. Hoy quizá baste una napolitana para merendar, si es que alguien en esta ciudad sabe dónde queda Nápoles y que allí decidieron meterle crema de chocolate dentro a los dulces. Los lunes, si te despistas, ya no llegas a por los croissants. Los lunes, si me despisto, ya no llego a por ti. Pero mañana será martes.
Por eso bajo corriendo de pastelería en pastelería. Las caras de las pasteleras me parecen todas la misma. Se ocultan detrás de la harina o del maquillaje. Yo siempre quise follarme a una esteticienne. O a una peluquera. Pero esteticienne es más sexy. El propio nombre se te derrite en la punta de la lengua según lo pronuncias como uno de esos buñuelos de crema que estoy viendo en los expositores. Con la pequeña salvedad de que no quiero un buñuelo de crema ni una esteticienne, al menos hoy no. Es lunes. Un astronauta copa las portadas. Y yo no tengo croissants. La cara de la pastelera que se repite de pastelería en pastelería me informa con pesar de que no, no tenemos de esos magníficos croissants de chocolate que anunciamos por un euro con cincuenta céntimos. Quizá los tuvimos a las ocho de la mañana, pero a esa hora tú sólo intentabas no vomitar tu desayuno en la cafetería de un hotel mientras a tu lado bebían basureros y empleados de banca.
Luego lo intento en la gasolinera. En la gasolinera nadie ha oído hablar de un astronauta enrollado con una esteticienne que se lanzó por la ventana en busca de varios récords del mundo mientras su mujer los perseguía a ambos. Es por eso que tampoco saben que ahora los croissants se rellenan de crema de chocolate, que es lo mismo que el chocolate pero derretido, que es lo mismo que quedará del astronauta cuando toque tierra, que es lo mismo que quedará mañana de los periódicos de hoy. Pero en la gasolinera me dicen que busque en un supermercado. En el supermercado me envían a una máquina de autoservicio que hay en un garaje a la vuelta de la esquina. La máquina de autoservicio está vacía: es lunes. Nadie la ha repuesto. Marilyn me mira lujuriosa desde el escaparate del videoclub adyacente. Goodbye, Norma Jean. ¿Qué saben de ti los periódicos? ¿Qué saben de ti las adolescentes cuyas habitaciones adornas con ese rubio platino y esa sonrisa lujuriosa que hoy me dedicas?
El día que se terminaron los cafés, los periódicos, los astronautas y los croissants era lunes. Los lunes son así. Acaban con todo. Acaban contigo, que acabas limpiando el cristal de tu habitación, retirando cuidadosamente todos los mosquitos estampados que lo manchan, con la esperanza de encontrar un croissant y subir a verte. Pero hoy no hay croissants. Hoy será un día más en el París-Dakar. Una tarde de tantas en la Ruta de la Seda. Hoy quizá baste una napolitana para merendar, si es que alguien en esta ciudad sabe dónde queda Nápoles y que allí decidieron meterle crema de chocolate dentro a los dulces. Los lunes, si te despistas, ya no llegas a por los croissants. Los lunes, si me despisto, ya no llego a por ti. Pero mañana será martes.
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Historias con o sin resaca
domingo, 14 de octubre de 2012
El emocionante asunto del suicida aeroespacial
A Felix, aunque no te conozca.
[...] Pongamos por caso este hombre, que, culminadas todas sus metas en la porción terrenal donde podía poner sus pies, de pronto, una mañana, decide que hay una nube que le está llamando. Este hombre que podríamos ser usted o yo, o ninguno de los dos, decide que tiene que subir por encima de aquella nube y que ese emocionante asunto es lo único que en adelante le merecerá la pena. Se embarca en amargas tardes llenas de crucigramas al vapor donde todas las palabras que se le cruzan tienen un significado oculto que le remite a mirar al cielo. Si come sopa, ve reflejado el espacio exterior entre las constelaciones de fideos. Si bebe vino, cuando cierra los ojos, acunado por el burdeos, navega en caída libre sobre la almohada, sin mover más que su estómago.
Este hombre, como decía, que podríamos ser usted o yo, ya no suspira más que por dar el gran salto. Aburre a sus incrédulos familiares y amigos, que ya hartos de escucharle dan su caso por perdido, y continúan con sus apacibles existencias, ante lo que el suicida aeroespacial decide hacer uso de la más absurda introversión y llevar a cabo todos los preparativos en silencio. Así callado piensa, medita, planea, se prepara para la subida y la bajada, pues nada más que el silencio tendrá entre botellas de oxígeno y cables de la luz.
¿Qué se llevará consigo? Nada pesado, decide. Empieza a desterrar por lo tanto todas las chinas que ha llevado siempre en los zapatos para acordarse de que los pasos, para ser útiles, tienen que doler un poco. Se quita la camiseta y se arranca despacio, con las uñas, todos los reproches, insultos y arrepentimientos que cargaba en los hombros. Quizá si pierde un poco de sangre ascenderá más deprisa y la caída será más leve. Vacía el dinero de su cartera entre los pobres de su calle, tira las fotos de carnet que llevó siempre consigo y deja en herencia a sus sobrinos los perros que le custodiaban el jardín.
El suicida aeroespacial, pese a la discreción meridiana con la que lleva a cabo todos sus preparativos, ha despertado recelos e interés a partes iguales en su vecindad. Al final se traducen simplemente en comentarios insidiosos que se hacen a media voz pero con la suficiente intensidad para que lleguen a sus oídos. Todo no hace más que reafirmarle en su intención de subir y bajar. Confecciona una cápsula con dos bañeras de poliéster y un poco de papel de celofán que le permita contemplar el globo terráqueo durante el tranquilo ascenso, para el cual ha comprado cuatro bombonas de butano pese a lo cara que está la vida.
Los conocidos y desconocidos que están al tanto de su misión lo juzgan. Es un suicida. Tiene demasiado tiempo libre. Sólo piensa en él. Lo que hace no es útil. ¿Qué va a aprender de esto? Nadie se acercó a este hombre para darle una mínima palmada en el hombro. Nadie valoró su constante ímpetu de fracaso, su valiente ánimo hacia la caída más absoluta y estrepitosa. Nadie le preguntó dónde pensaba aterrizar, si en el mar o en el desierto. Nadie entendió nunca que detrás de una bañera y muchos kilómetros de altitud sólo estaba escondida la pequeña revelación de que, culminadas todas sus metas terrenales, no podía quedarse de brazos cruzados y tenía que llegar un poco más alto, un poco más lejos. Aunque aquello supusiera renunciar a todo lo demás. A una tranquila vida de crucigramas, sopa de fideos y vino de Burdeos. Monedas en el bolsillo, cordones atados correctamente.
Pongamos por caso este hombre considerado por todos un loco y un suicida que, una vez asciende, y se halla a varios miles de metros de altitud, abre la rendija de su pequeño adminículo aeroespacial y ve la Tierra desde arriba. Una vez que se ha concedido cinco respiraciones, saluda al infinito, consciente de que nadie lo ve. Y entonces, se deja caer, sin saber del todo bien cómo va a funcionar su ridículo plan, sin saber si habrá una cámara para recoger sus declaraciones al pisar Tierra o una corona de flores de la cofradía de su barrio. Sólo sabe que ha saltado por encima de la nube que le llamó, y que la próxima vez tendrá que hacerlo más alto. [...]
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